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El siglo XVIII

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7. El Siglo XVIII

7.1. LA ILUSTRACION.

Lo que distingue una época de otra es el concepto de la existencia huma­na; "el conjunto de los destinos huma­nos".

El hombre es el sujeto del acontecer en el mundo. El hombre de la ilustra­ción tiene una gran confianza en su inteligencia, en su razón, en sus sentidos, mediante los cuales alcanzará la verdad, el progreso, la perfección, etc. El ilustrado alcanzará progresos técnicos y científicos, pero dejó en olvido los valores sobrena­turales, y esta falta de religiosidad engendró un ideal de vida frívolo y sensual.

ilustracion

 

7.2. LA ILUSTRACION EN ESPAÑA.

"España se hizo en el siglo XVIII". El arte barroco llegó a exage­ra­cio­nes inconcebibles (churrigueresco); España está llena de pícaros, vaga­bun­dos, mendigos, hidal­gos arruinados, y, sobre todo, de supersticiones, igno­rancia y fantasías. Los "hidalgos" no trabajan, la bancarrota es total y del antiguo Imperio sólo quedan despojos.

Con la nueva dinastía de los Borbones surge en España un deseo ­de renovación, a imitación francesa; unos pretenden imitarlo todo, otros sólo quieren renovar la sociedad, pero seguir fieles a la tradición espa­ñola.

En el reinado de Carlos III, la influencia de los ilustrados se hace notar cada vez más: se abolió la deshonra legal del trabajo, se impulsaron las ciencias naturales, las matemáticas, etc... y la instrucción pública. Se crearon instituciones de todo tipo, obras públicas, urbanísticas; se despertó la inquietud por las ciencias prácticas, en contra de las supercherías y triviali­dades en que había caído nuestra ciencia.

Siglo eminentemente social, las minorías ilustradas se reunían en salo­nes o cafés, como el de la Fonda de S. Sebastián, para discutir y cambiar opinio­nes sobre los más diversos temas.

 

7.3.1. José Cadalso. (1741‑1782).

cadalso

 

 

 

 

Gaditano de familia acomo­dada, con una sólida cultura y militar de carrera. En un siglo reformador, José Cadalso nos ofrece, en sus Cartas marruecas, un fino análi­sis de la sociedad española a través de los temas principales que preocuparon a aquellos hombres tan entregados a los asuntos de la patria: los ilustrados. En Los eruditos a la violeta, satiriza a los pedantes de su tiempo. En las Noches lúgubres se anticipa al Romanticismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7.3.2. El Padre Feijoó

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Fray Benito Jerónimo Feijoó nació en Casdemi­ro (O­rense). Benedictino. Dedica su vida al estudio y enseñanza: ciencias, historia, literatura, teología, geografía... Ejerce su influjo en dos direcciones: su pro­sa sencilla, clara, precisa, sin artificios, sirve de antece­dente a la prosa moderna; difunde los avances de la ciencia y consigue des­truir algunos erro­res y supercherías del pueblo.

Sus títulos: "Teatro crítico universal"(8 volúmenes) y "Cartas eruditas y cu­riosas (5 volúmenes).

 

 

7.3.3. Melchor Gaspar de Jovellanos

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Nació en Gijón (1744‑1810). Funda el Instituto Asturiano. Es uno de los escritores más preo­cupados por el pro­greso y la renovación de España. Hom­bre prudente y equilibrado. Expone y critica los motivos de la decadencia española y busca la forma práctica de solucionarlos. Toma parte activa en la política al servicio de la cual escribió sus ensa­yos. Un ensayo es un escri­to en prosa, no demasiado extenso, que explica con profundidad y cierto rigor sistemático una interpre­tación personal sobre un tema filosófico, religio­so, pedagógico, político, etc. sobre: el progreso material, la instrucción públi­ca, la historia cultural y la política. Escribió también poesía y tea­tro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7.4. EL NEOCLASICISMO COMO MOVIMIENTO LITERA­RIO.

El Barroco había agostado su inspiración y complicado sus formas; poco a poco se va imponiendo el Neoclasicismo, inspirado en las normas y leyes que había dictado Francia desde finales del siglo XVII. Ideológica­mente es una vuelta a los clásicos, especialmente a los griegos.

La base del Neoclasicismo es el método empleado por el autor para crear su obra y conseguir que el mensaje llegue con exacti­tud al público. El Neo­clasi­cismo es un código estético, basado en la razón.

Las reglas literarias neoclásicas, basadas en autores griegos y romanos, (Aristóteles y Horacio), son:

* La obra debe ser verosímil y universal.

* Debe haber una unidad de estilo.

* Se debe pretender una finalidad moral y educativa.

* Se deben respetar las tres unidades: lugar, tiempo y acción

 

 

7.5. EL TEATRO EN EL SIGLO XVIII: DOS ESTILOS

Una minoría prefiere un teatro ajustado a la normativa clási­ca, esta gente es culta e ilustrada; y una mayoría, popular, que reía, lloraba y vibraba ante las zarzuelas y sainetes de D. Ramón de la Cruz.

 

7.5.1. Leandro Fernández Moratín

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La moderación y el equilibrio, la suje­ción a las tres unidades aristotélicas, tiene en este dramaturgo su máximo representante. De carácter introvertido y sentimental, dos temas morales repite en sus comedias: Libertad para el ma­trimonio e igualdad de edad y situación social en los cónyuges. "El sí de las niñas", es su mejor obra.

 

 

 

 

7.5.2. D. Ramón de la Cruz

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En la segunda mitad del siglo XVIII, D. Ramón de la Cruz representa la rebelión de lo popular y castizo contra el teatro neoclásico. Sus sainetes son piezas breves en las que se representan escenas populares del Madrid castizo. El sainete "Manolo", es una parodia, o imitación burles­ca, de las tragedias neoclásicas, con la muerte ridícula de sus personajes. "Manolos", "majas", un sinfín de tipos, aparecen en bailes populares, en la calle, en momentos de la vida cotidiana. "La pradera de S. Isidro" y "El fandango del candil, son otros de sus sainetes.