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Inicio Textos de los alumnos Sara, la niña menguante que se hizo gigante

Sara, la niña menguante que se hizo gigante

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Sara era una niña de nueve años, menudita y espabilada, con ojillos grandes y negros.  Hablaba poco, pero cuando hablaba te dabas cuenta que nada se escapaba a su intelecto.  Lista como era, despuntaba en el colegio, y también era muy popular, pues era prudente y nunca utilizaba su inteligencia para hacer de menos a sus compañeros y compañeras.

Pero como ya os habréis dado cuenta, en este mundo la felicidad nunca es completa.  Y Sara no era feliz. Le faltaba algo, ella no sabía que era aquello que necesitaba, pero eso la corroía y la inquietaba de tal manera, que esa carencia empezó a notársele físicamente.

Cuando su madre la llevaba al colegio se ponía nerviosa, lloraba, no quería separarse de ella.  Luego  los nervios le agarraban el estómago, se lo cerraban, y el poquito desayuno que tomaba lo vomitaba.  Empezó a aborrecer la comida. Los dolores de estómago y las vomitonas se sucedían cada vez con más frecuencia y empezó a perder peso.  Un día se miró al espejo cuando salía de la ducha y se fue llorando hacia su madre.  ¡Mamá, mama, la niña esa que está en el espejo, no soy yo, es más fea, es muy delgada y no me gusta. Quita todos los espejos por favor, no quiero volver a verla¡  Otro día cuando fue a escribir su nombre la última A no se escribía en el papel, por más que lo intentaba su nombre se había reducido a SAR.

 

Ya no quería ir a la escuela, sus amigas cuchicheaban y se reían, creían que se le estaba olvidando escribir y que ya no sabía ni poner su propio nombre, en el comedor siempre acababa la última y ya la colocaban con los de preescolar y la profesora acababa dándole la comida en pequeños trocitos para que no la vomitara.

Su madre estaba desesperada, tuvo que comprarle ropa de niñas de cinco años, en la calle la confundían con niñas de menor edad.  Ella cuando se veía reflejada por casualidad en algún escaparate apartaba la vista, porque lo que veía era a una niña aviejada, enjuta y diminuta, no queriendo aceptar en lo que se estaba convirtiendo. Cuando estaba con su madre, estaba más tranquila, pero cuando Elena se iba a trabajar o a comprar, y se separaba de ella, a Sara le entraba ese miedo que se convertía en dolor y en vómitos.

Dejó de ir al colegio, su madre pidió la baja laboral para cuidarla.  Los médicos no sabían lo que la pasaba, su estómago estaba bien, nada justificaba lo que le estaba ocurriendo.  Se fue haciendo cada vez más pequeño su cuerpo, pero su mente cada vez era más lúcida, más inteligente.  Leía libros sin parar, veía series de medicina en la tele, Sara quería saber que le estaba ocurriendo, si nadie lo descubría, lo haría ella.

Un día se quedó dormida mientras leía.  Soñó que estaba en un bosque, en invierno, todo estaba nevado, no había nadie,  no se oía nada, pero ella no sentía miedo.  De repente en medio de aquel universo blanco, una baya roja llamó su atención, era una frambuesa, roja, henchida, reluciente.  El pánico se apoderó de ella.  La frambuesa empezó a engordar, una voz interior, le decía que ella debía comerse la frambuesa, pero no podía, temía que si lo hacía el dolor de estómago volvería y vomitaría de nuevo, y mientras pensaba en ello, la frambuesa crecía y crecía,  y el bosque nevado se tiñó de rojo escarlata, y ella corrió y corrió pero el fruto encarnado la perseguía, y la gritaba ¡cómeme, cómeme, o si no seré yo quien te coma a ti¡ Y vio como cada vez sus pisadas en la nieve eran más pequeñas, menos pesadas, y sintió como el viento la levantaba del suelo, porque ya no pesaba nada y se había convertido en una diminuta brizna de polvo.

Sobresaltada se despertó y corrió a mirarse en un espejo, pero no había ninguno, Escribió su nombre y sólo pudo escribir SA, tiró el boli, abrió la puerta y salió de casa, se metió en el ascensor y cuando quiso dar al botón para bajar, no llegó.  Dio un salto con todas sus fuerzas y lo consiguió, se dio la vuelta y encontró su reflejo en el espejo del ascensor.  Dio un alarido, había menguado tanto que parecía un bebé de 3 años, pero su cara era igual, sólo su cuerpo había disminuido.  Gritó y gritó, pero su voz era mucho más débil, se abrió la puerta del ascensor y salió corriendo.  No sabía donde iba, no sabía lo que quería, no sabía aún que es lo que le faltaba.

Tropezó y alguien la recogió, era su madre, que había salido un momento y volvía a casa.  Oh, Sara, mi pequeña Sara, que te ocurre. Mamá, mama, he encogido, me estoy haciendo cada vez más pequeña, ayúdame por favor.

Elena llamó a un médico, a un médico que no curaba con medicinas, si no con las palabras, y eso es lo que hizo con Sara, hablar y hablar y hablar.

Esto fue lo que le dijo, tu dolor tiene un nombre se llama MIEDO, no es tuyo, pero se ha instalado dentro de ti, no está en tu estómago, está en tu cabeza.  Y es con tu cabeza con lo que le debes vencer.  Cuando está mamá no se atreve a salir, pero cuando ella se va, automáticamente aparece y te estruja el estómago. Se está apoderando de ti, te está comiendo, y llegará un día en que cuando escribas tu nombre sólo veras una S, y con un siseo te llamarán  Ssssssssssssssssss Sólo te oirán, ya no te verán, serás invisible para todo el mundo, existirás más tu presencia pasará inadvertida para todos, incluso para los que te gustaría que te tuvieran en cuenta.

Sara pensó en lo que el médico de las palabras le había dicho, pero lejos de infundirle miedo, pensó que podría ser divertido ser invisible, y siguió comiendo lo justo para tener fuerzas para moverse.  Una mañana cuando Elena fue a despertarla, no la encontró en su cama. ¡Sara Sara¡, la llamó y la buscó por todas partes, su hermana Marta lloraba y corría por toda la casa y escudriñaba todos los rincones, pero no la veían.  Mientras tanto Sara, que se había vuelto tan diminuta que el ojo humano no la podía vislumbrar, estaba en su cama chillando y agitando los brazos, ¡estoy aquí, estoy aquí, mama, Marta, por favor, por favor mirad¡.  En ese momento Marta llena de dolor se tiró violentamente encima de la cama de Sara y se puso a llorar, con tan mala pata que fue a aplastar directamente el cuerpo diminuto de Sara. Menos mal que en un repliegue del colchón pudo acomodarse para no sentir el peso de su hermana.

Elena consoló a Marta, diciéndole que al fin Sara se debía haber vuelto invisible y que seguro las estaba oyendo.  Estonces cogió una lupa y fue escudriñando la cama palmo por palmo, hasta que la encontró.  ¡Oh mi pequeña Sara que vamos a hacer ahora¡.  Mamá, mamá, gritaba, pero no la oía, fueron a buscar un altavoz y lo pusieron cerca de Sara y esto es lo que oyeron. Lo siento mamá, no pensé que esto fuera a pasar, quiero volver a ser como antes, necesito comer, no sabía lo que me pasaba, pero me separaba de ti y un dolor intenso me comía las tripas, quería estar siempre a tu lado, sentía un miedo atroz a que te separaras de mí, pensaba que quizás no volverías como pasó con papá, que una noche se acostó, y ya no se levantó más, y nunca le volvimos a ver, yo era muy pequeña, sólo tenía cuatro años y no me dí cuenta realmente de lo que había pasado, pero según he ido creciendo, he sentido que eso que le pasó a papá te puede pasar a ti también, y por eso no quería separarme de ti, y por eso me ponía nerviosa cuando no te veía y por eso me dolía el estómago y vomitaba y así  te llamaban y venías a buscarme.  Te prometo que voy a comer, pero lo que no sé es como no tener miedo a perderte.

Escúchame Sara, eso no depende de mí ni de nadie, pero no puedes vivir con ese miedo, tienes a tu hermana, a tu abuela, a tus amigos, a mis amigos que son como tu familia, todos te quieren y con todos ellos puedes contar, y yo estaré allí siempre que me necesites. Y lo más importante te tienes a ti.  Ahora debes comer para poder volver a ser visible, empezaremos por esta miguita de pan.  Y le dio una pequeña miga que era más grande que ella.  Sara obediente empezó a comérsela muy poco a poco, y le supo como el mejor de los manjares, cuando acabó ya era más grande que un pulgar.  Tráeme más mamá.  Poco a poco Sara, poco a poco.  A la hora le dio un dedal de leche con un cuartillo de galleta, y su tamaño alcanzó la dimensión de una palma de la mano.

Pacientemente durante todo el día fue ingiriendo comida, con gusto, sin miedo, sin dolor, hasta que alcanzó el tamaño normal de una niña de nueve años.

Su madre y su hermana lloraron de alegría al recuperarla de nuevo.  Sara estaba feliz y contenta y saltaba y bailaba y se probaba su antigua ropa y se miraba en el espejo y se gustaba y por fin era feliz. Sabía que tenía que crecer, y que eso conllevaba ser cada vez más independiente, despegarse de su madre,  había comprendido que con no comer sólo podía enfermar y acabar desapareciendo.  Entendió al fin que no podía ser eternamente pequeña.

Estaba decidida a ser una niña gigante, gigante en ilusión, en pasión, en acción, en tesón, en amor y en comprensión.