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Un mundo subterraneo

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Era viernes, 9,15 de la noche, al terminar las clases de Ayudante de Documentación, las compañeras Pepa, Ana, Pilar la profesora de Radio y yo, caminamos hasta llegar a la estación del Metro de García Noblejas.

Todas compramos billete en la taquilla, pues estábamos a primeros de año y como siempre habían subido las tarifas, pero este año se han pasado por encima de todas las previsiones de los usuarios, de 7,40€ a 9€ que era el nuevo precio del bono de 10 viajes. Todos los que nos acercábamos a la ventanilla para sacar el billete, bajábamos las escaleras protestando, llamándoles ladrones a la dirección, que abusaban de los ciudadanos madrileños que teníamos necesidad de viajar en transporte público. Nos encolerizamos la mayoría. Una chica que llevaba una cartera, dijo: no hay  derecho que los sueldos de los funcionarios (por ejemplo) suban como máximo un 1% y sin embargo el bono-metro haya subido más del 20 %.  Había una tensión en el ambiente que se podía masticar como un chicle.

 

Bajamos rápido las escaleras y llegamos al andén, pero acababa de irse el metro, así que decidimos sentarnos para esperar el próximo. Es muy entretenido observar a todas las personas que van llegando y se colocan estratégicamente en los lugares que más les interesa; porque le queda enfrente de la salida de su estación o de la escalera para hacer el trasbordo a otra línea, o simplemente para asaltar algún asiento libre para sentarse. 

Se acercó un grupo de chicos y chicas, todos llevaban una carpeta con documentos, iban bien vestidos, casi de uniforme, los chicos con traje negro (algunos habían cambiado la chaqueta por una cazadora de color gris o azul marino), camisa blanca y corbata, y las chicas, falda negra y blusa blanca, con abrigo de colores oscuros, y zapatos negros de tacón; tres de los chicos llevaban colgados en bandolera las bolsas con los ordenadores. Enseguida pensé, que estaban haciendo un curso preparatorio para comerciales de alguna empresa. 

Una señora de unos 50 años, con pelo canoso, zapatos bastante desgastados, pantalón marrón y un chaquetón de piel sintética, se sentó en el banco; tenía una cara de cansada que no podía ni mantener los ojos abiertos, vendría de trabajar duramente y estaría deseando llegar a su casa para descansar durante el fin de semana. 

Una pareja, el chico le hablaba cariñosamente y le cogía la mano siempre que ella se soltaba, se le veía que estaba locamente enamorado de la chica, pero esta no le hacía mucho caso, no le miraba ni una sola vez a los ojos y él estaba muy pendiente de ella, se fueron al fondo del anden. 

Con una escalera, un rollo de papeles grandes, un cubo con cola de pegar y un cepillo, un señor y un joven con monos azules se situaron delante de un cartel de publicidad, e inmediatamente se dispusieron a cambiarlo, tenían  tanta maestría y estaban tan compenetrados que casi lo habían terminado todo cuando llegó el tren. 

Tres hombres llegaron con unos maletines, por la sensación del peso debían tener herramientas de trabajo, seguro que eran técnicos de mantenimiento, sus cazadoras eran iguales, de color gris con un anagrama arriba en el brazo izquierdo. Comentaban de su jefe y no parecía que se llevaran muy bien con él, pues le estaban criticando, porque no era capaz de llevar el departamento con una buena organización en el trabajo. 

Cuando estoy rodeada de la gente en el metro, pienso, cómo es posible que pareciéndome todas las personas normales, estupendas y buena gente, sin embargo luego, te roban la cartera, el reloj, te tocan lo que no quieres, te atropellan por un asiento, te pisan, te obstaculizan el pasillo y no te dejan pasar, antes de salir ya están entrando, o se quedan en medio de la puerta y no te dejan salir, o se ponen a comer pipas y tiran las cáscaras al suelo, a veces se sientan en el asiento como si fuera el sofá de su casa y te dejan con un hueco minúsculo, o te clavan el codo en las costillas y no se mueven, a pesar de que tu te remuevas para hacerte notar y que vean que no van solos, o llegan a las 7 de la mañana y no te dejen respirar, porque les ha abandonado el desodorante -de hace un mes-, y llegan las personas mayores o mujeres embarazadas y no se levante casi nadie. 

Al entrar en el vagón nos colocamos en un rincón, enseguida nos llamó la atención unos guardias jurados, eran cuatro, que estaban hablando con un chico joven de unos 30 años, de color negro, vestido con pantalones vaqueros, una camiseta y una cazadora (no muy gorda para el frío de esta época), y en la mano llevaba una bolsa de plástico con algo dentro (que podía ser una camiseta o dos como mucho). Los guardias le hablaban, uno u otro, al joven pero él no les contestaba, y cada vez se estaban poniendo mas alterados, le pedían la documentación y no se la daba, también le preguntaba si llevaba el billete, no se sabía si no estaba bien o es que no les entendía. 

Nosotras nos estábamos poniendo nerviosas porque había mucha tensión, los guardias insistían y le preguntaban que dónde vivía, dónde estaba su casa, que si tenía algún documento de identificación, y ya contestó “casa no, no tener casa, no tener nada”. Pilar, la profesora nuestra, saco 5 € y se los dio al chico, él se los cogió inmediatamente y se lo agradeció con gestos. Seguimos pendientes y los guardias lo querían echar del metro, pero él insistía que no tenía casa; ya Pilar le preguntó a los guardias, que pasaba con él y nos dijeron que estaba dormido en el metro y que no podía seguir allí durmiendo; en la siguiente estación se bajaron dos guardias y quedaron los otros dos, estos eran más compresivos y entre ellos y nosotras, sobre todo Pilar, conseguimos, hablándole despacio, entenderle que no tenía ningún lugar para ir a dormir, ni había comido en todo el día y no sabía que hacer, ni a donde acudir. Tenía una cara de tristeza que daban ganas de ayudarle; pero yo llegué a mi estación Avda. de América, me despedí de mis compañeras y me tuve que bajar del metro para hacer trasbordo a la línea 6 que me llevaba a casa. Entré en el vagón y me senté, no podía apartar de mi pensamiento la cara de susto del joven , ¿cómo acabaría?, ¿qué pasaría con él?. Me miraba la gente que me rodeaba, parecía que me preguntaban por qué no había ayudado al chico. 

Cuando llegué a casa llamé por teléfono a Pepa mi compañera, pero ella no había llegado todavía y el móvil lo tenía apagado o fuera de cobertura, lo intenté varias veces pero no conseguí comunicarme con ella y ya se hizo muy tarde. Yo no podía dormir pensando en las dificultades de ese joven. 

A las 9 de la mañana del día siguiente me llamó ella por teléfono, porque había visto mi llamada, era muy tarde cuando llegó a casa, le pregunté qué había pasado con el chico y me contó que habían seguido hablando con los guardias y con él y Pepa  le aconsejó que fuera a un albergue municipal a dormir, pero no entendía nada y entre todos no encontraban la manera de explicárselo mejor. Los guardias ya dijeron que ellos no podían salir de su zona, así que Pilar y Pepa decidieron acompañarlo. Ana se fue a su casa, siguieron hasta la estación de Príncipe Pío y allí ya se volvieron los guardias; salieron del metro las dos, con el chico y se dirigieron al Albergue de San Isidro. Caminaban con recelo, no por el pobre muchacho, sino porque es la Casa de Campo y estaba poco iluminado el camino por dónde le había descrito  la taquillera de la estación que tenían que ir, cruzándose además con indigentes que no tenían muy buen aspecto. 

Por fin llegaron. Después de explicar la situación al encargado, éste le dijo, sin problemas, puede pasar ya al comedor, allí le dejaron, recogido en San Isidro. Ellas volvieron al metro otra vez, encogidas de miedo pero hinchadas de satisfacción, recordando cómo se le iluminó la cara al joven nada más traspasar la puerta del albergue, con el olor a comida y el calor que le envolvía. Se volvió hacia ellas y le dio un fuerte abrazo a cada una.

Natividad Calvo