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El metro de la vida

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Me he escapado a las Rebajas, huyendo de la monotonía del hogar, desertando de la incomprensión de mis hijos adolescentes y de la indiferencia de mi pareja. No he encontrado nada, quizás porque no iba a encontrar nada, sino huyendo de algo, así que me voy y mecánimente me zambullo en el metro de Callao. Un vaho caliente y metálico me corrobora que estoy dentro de este bunker inmenso que es el metro madrileño. Miro el vestíbulo y pienso  lo mucho que ha cambiado desde que yo me despedía aquí de mi primer novio, allá por el 77. ¿En qué se ha convertido mi vida desde entonces? Bajo las escaleras mecánicas, que chirrían con un gemido angustioso y machacón.  Delante de mí van unos adolescsentes cargados de mochilas que se empujan y hablan a voces. Uno de ellos casi me da al intentar esquivar un golpe. Perdón señora.  Nada, nada. Retrocedo un escalón pero no me enfado porque me recuerdo a su edad haciendo pellas, refugiándome con mi amiga Loly en el andén de Latina, mientras hacíamos tiempo a que salieran nuestros colegas del Instituto San Isidro. Allí nos sentábamos y poníamos caras y posturitas a los viajeros del tren de enfrente, nos reíamos a carcajadas al ver su enfado y adivinando sus amenazas e insultos que resultaban ahogados por el grueso cristal del vagón. Al final alguno se quejaba y el  "Jefe de Estación" salía de su garita y nos echaba de allí.

 

Llego al andén y está lleno de gentes con abrigos y bufandas, cargados de montones de bolsas de las rebajas.  Dos amigas un poco pijas comentan lo bien que están este año, con esto de la crisis está todo superbién, megabarato e hipercool.  Que felices que son, pienso, ojalá a mí se me borrara todo con las compras, y encima no me he comprado nada.  El tren no llega y el andén empieza a comprimirse  de cuerpos sudorosos y atiborrados de bolsas y abrigos en el regazo.  Los que están más cerca del vano empiezan a recular y se muestran intranquilos, algunos se desplazan hacia atrás pensando en su integridad. Y es ahora cuando un recuerdo perdido en el tiempo acude a mi memoria. Aquí, en este mismo andén, cuando aún era una niña, ví como una mujer se tiraba al metro cuando pasaba.  Vomité y me madre me sacó corriendo de allí y volvimos al barrio en autobús.  Mi mente infantil lo había relegado al último cajón de la memoria, sin duda para que no me hiciera daño.

Llega el metro y apenas hay sistio material para que los de dentro salgan.  Por fin, entre empujones y codazos se realiza el intercambio de humanidades.  Yo opto por esperar al siguiente, no tengo el cuerpo para estrecheces.  Me acerco a la línea amarilla de precaución y miro hacia la derecha a ver si se ve la estación de Jose Antonio, bueno ahora de Gran Vía, y allí está, a lo lejos, eso sigue igual. El diminuto punto de luz mengua, es el tren, que ya viene.

Esta vez el trueque de espacios ha sido más racional y hasta he encontrado asiento dentro del vagón.  Enfrente de mí esta sentado un chico de unos 25 años, se parece a mi marido cuando era joven.  Le miro insistentemente sin darme cuenta de mi indiscrección y él se siente inspeccionado y me mira a su vez con extrañeza.  Me río al recordar que fue en esa misma situación cuando nos conocimos Álvaro y yo.  Yo iba leyendo "Obras Jocosas" de Quevedo y estaba en el capítulo en el que hace una alabanza al ojo del culo, con perdón, y empecé a reírme con fruición y sin control.  El a su vez leía Laurence de Araabia (esto lo supe más tarde) y me miró con simpatía y extrañeza también.  No dejamos de intercambiar miraditas en todo el trayecto hasta llegar a Urgel, que curiosamente era la estación donde nos bajamos los dos.  Cada uno marchó para salidas diferentes, pero días después nos volvimos a ver, nos reconocimos y hasta hoy.

Que lejos queda todo eso ya, miro la estación por la que voy y ya he llegado a Urgel, me bajo instintivamente, y es entonces cuando me percato que yo ya no vivo aquí, que vivo en Vallekas, que ésta es la línea 5 y que yo iba a la 1, que el tiempo ha pasado, que los espacios han cambiado, que todo se mueve y nada permanece, que lo que hoy es así, mañana muda y desaparece.

Retrocedo sobre mis pasos y veo pasar las estaciones al revés. Ya estoy llegando a  Gran Vía, que es donde tenía que haber ido al principio y allí coger la línea 1. Deseo que cuando se abran las puertas, y el negro túnel se acabe, me reciba algo diferente a lo esperado, algo inusual y deseado.  Siempre soñé que el billete que comprara me llevara a un sitio diferente del que marcara mi destino.

Cierro los ojos, la claridad me advierte que estoy en el andén. Abro los ojos, se abren las puertas. Gran Vía. L 1------->

Otra vez será.