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Un viaje en metro

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Me había levantado muy tarde. El despertador no sonó. Gracias al vecino de arriba que se le cayó un zapato, si no me habrían dado las 11 en la cama tan ricamente. Ya en la calle eché a correr hacia el metro y empezó a llover. ¡Sí que comienza bien el día! Pensé.

Al bajar las escaleras  se notaba un calor agobiante. El metro debía llevar un rato sin venir  y el andén estaba de bote en bote. Justo lo que necesitaba mi claustrofobia  para hacerse notar (aunque yo entonces no supiera que aquella angustia se llamaba así). Me entraron sudores. Hay que reconocer que es el medio de transporte más rápido, pero hace falta valor para tomarlo a esas horas de la mañana.  Apreté el bolso contra el costado y me sumergí  con resignación en la marea humana. Un poco más delante estaba Mari Carmen, le hice señas e intentamos acercarnos, luchando contracorriente. 

 

En ese momento, el convoy hizo su entrada en la estación; miré a mi amiga y nos preparamos para lo peor: casi en volandas en medio de una avalancha, entramos en el vagón y allí quedamos literalmente como sardinas en lata, pegados unos a otros, sin poder hacer nada por evitarlo. Mi bolso que llevaba colgado al hombro no sé dónde fue a parar. Para colmo unos efluvios llegaron hasta mi nariz; aunque no podía verlo, comprendí  que un pescadero, con el traje de faena, andaba cerca.

Iba  medio torcida, pero no podía cambiar de postura aunque un pie se me estaba durmiendo; si lo levantaba sería imposible volver a posarlo porque habría perdido el hueco y me quedaría a la pata coja.

Entonces llegó un rumor.  No sabíamos qué pasaba, pero oímos una voz masculina no muy joven, protestando  airadamente: -¡ya te gustaría, so fea, con esa cara me voy a acercar a ti, teniendo mi mujer que vale cien veces más que tú, vamos, estaría gracioso!

Estiré el cuello todo lo que pude para ver la escena: una chica de unos 16 ó 18 años con la cara roja como un tomate,  llora en silencio y pegado a ella, con gesto ofendido -que  le hace más culpable- el chulo en cuestión, despotricando y buscando apoyo en la gente de alrededor. Nadie dice nada; no le apoyan, pero tampoco defienden a la chica.

Mi amiga y yo nos miramos con rabia y nos sale la vena feminista (aunque allá por 1969, con 17 años, no sabíamos bien qué era eso): -¡Que cerdo el tío, -decimos en voz bien alta- seguro que ha intentado meterla mano.

Las mujeres asienten; los hombres por miedo a parecerlo menos, se hacen los locos.

Llegamos a Sol, las puertas se abren y por fin pudimos abandonar la lata de sardinas. Mi amiga se dirige a la salida de Alcalá: -¡Hasta luego, que lo pases bien –nos deseamos mutuamente- yo voy hacia  Mayor y al empezar a subir las escaleras del vestíbulo, veo delante de mí entre la gente, al aprovechado del vagón. Sin pensarlo, me acerqué a él por detrás y al llegar a los últimos escalones, metí la punta del paraguas entre sus pies, provocando el consiguiente tropezón y caída. Yo deseé que se hubiera roto algún diente, pero no me quedé a comprobarlo; salí corriendo y me escabullí entre la gente.

Cuando llegué a la oficina, comprobé  que habían aprovechado el tumulto para robarme el monedero con el  poco dinero que llevaba y el carnet de identidad. En aquella época, no podían quitarnos mucho más.

 

Rosa Mª Horche