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¡Va de Metro!

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Lamento profundamente no poder asistir a esta última clase de tu dilatado ciclo presencial; pero, literalmente, no me puedo mover, debido a fuertes dolores de espalda. He llegado “a gatas” hasta el ordenador y te escribo este correo deseándote lo mejor para tu nueva “vida retirada” (¡Qué descansada vida la que huye de la mundanal Administración...!). Aprovecho para añadiros el trabajo que habías solicitado sobre el metro. Cuando te sea posible, me remites un mensaje con las indicaciones necesarias para hacer rectificaciones en los escritos propios, pues en la prueba enviada, inicialmente, con el título de “Los Gilipollas” se me deslizó la repetición de la palabra vehículo en las líneas 12 y 14, por lo que te ruego que la sustituyas, en este último renglón, por automóvil. Saluda a todos de mi parte. Recibe un fuerte abrazo, y seguiremos en contacto. José Rodríguez http://pindesierra.blogspot.com/

¡Va de Metro! Bajo las escaleras del metro cavilando en la desatinada subida del 21,60 % que nos preparan sobre el precio del Metrobús. Acuden a mi mente el desaforado aumento sufrido en la Contribución Urbana y otros incrementos en los costes del combustible, gas y luz, desayuno, menú del día, comunidad, administrador, prensa, etc. Reflexiono que, para colmo, se ríen de nosotros, aduciendo que la vida, de acuerdo a su Índice de Precios —a partir del cual nos actualizarán pensiones y salarios—, apenas ha escalado unas décimas. Introduzco el billete por un torniquete para cancelar el último viaje que aún, creo, queda disponible y un infame pitido me advierte del error.

En ese mismo instante recuerdo la campaña, convocada en Facebook, contra el “billetazo”, y la propuesta de “colada”. No lo pienso dos veces, salto por encima de la férrea barrera. Desciendo la escalinata mecánica y, ya en el rellano, al girar, me encuentro de frente con varios inspectores de la compañía y otros tantos vigilantes que me requieren el título de transporte. Acongojado, les explico lo sucedido y lo justifico por el atropello al cual vamos a ser sometidos los ciudadanos de Madrid. En lugar de expedir la correspondiente sanción me indican que los acompañe. Recorro el último tramo de escalones, flanqueado por los interventores. Al llegar al andén, nos recibe toda un elenco de fotógrafos, así como, varias televisiones. Enfrente, la gente se aglomera y rompe en aplausos. Un tren último modelo aparece lentamente en la estación, y por primera vez en la línea 1. Abre sus puertas, y un funcionario del Ayuntamiento, ataviado con traje de gala, me invita a pasar y así lo hacemos, yo, y mi desconcierto. Dentro, a mi derecha, Plácido Domingo —en persona—, acompañado de varios maestros de la banda municipal, entona el chotis Madrid de Agustín Lara. Al otro lado, adivino varios rostros de políticos locales y, de entre ellos, surge la figura majestuosa del Faraón que se adelanta esgrimiendo una encantadora sonrisa, alargándome su mano, y espetándome una felicitación: —¡Enhorabuena, es usted el contraventor diez millones! Estrecho su mano, recibo agasajos, y soporto los “flashes” de los periodistas. El resto de autoridades aplaude igualmente y, a continuación, el regidor me proporciona un título enmarcado con la mencionada acreditación; además de, un justificante para la exención de la cuota de basuras por un periodo de 10 años. A continuación, el conductor acciona el silbato y el público en general se adentra en el vagón presentándome sus parabienes. Cariacontecido, masco sus cumplidos y digiero sus saludos, en tanto que el tren se va deteniendo lentamente en la siguiente estación. Aprovecho la apertura de las salidas para huir desenfrenadamente de aquel escenario. Al alcanzar la superficie, me percato de que alguien del bar contiguo me reconoce, dado que estaban siguiendo el evento, en directo, por Telemadrid, y lo comunica al resto de parroquianos que celebran mi presencia. Busco el amparo de alguna calleja paralela a la avenida y escapo a la carrera hasta mi domicilio. En el ascensor, el nieto de un vecino me solicita un autógrafo. Ya en el anonimato de mi hogar, mi mujer, avergonzada, me aclara que habían situado personal en todas las entradas de la red de metro, dejando exclusivamente libre la de Portazgo, con el fin de propiciar aquella pantomima de recuento y el ridículo del protagonista. El caso es que, por una simple gilipollez, me he convertido en una celebridad, ¡cómo los demás!

J.R.Pindesierra