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Viaje en el metro

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Cierto día de esos que sales de casa e inicias un viaje a ninguna parte concreta, simplemente a emplear el aburrimiento que te produce la inactividad, bien sea porque te acabas de prejubilar, o que ese día estás libre, y no sabes donde ir, y después de deambular por el barrio, decides coger el Metro; ¿Pero a dónde, a alguna parte determinada?

El transporte subterráneo no es igual que el de superficie. Todo el mundo está sentado y el que no puede va de pie, generalmente está en silencio, leyendo, o escuchando algún cacharrillo musical de estos que se usan ahora.

Ya, al entrar en el rellano siguiente a la escalera, me encontré á un músico con un instrumento parecido a una acordeón-piano que desgranaba las notas de una vieja canción que se titulaba o así me lo parecía a mí El amor de mi vida has sido tú

 

Ante esas notas musicales, a las que no pude sustraerme, quedé un rato escuchándole recordando entre la emoción y la nostalgia que esa vieja canción me producía, mientras los demás usuarios seguían su camino. Opté por echarle unas monedas, en contra de mi manera de proceder en estos casos, que el viejo músico agradeció con un leve gesto, que interpreté como de “muchas gracias”

Yo seguí mi viaje con alegría, lo que menos me importaba era el destino, las notas musicales habían hecho desaparecer mi aburrimiento y me sumían en la nostalgia de un tiempo que pasó, y no supe aprovechar.

Ya en el andén miraba a todas las mujeres que esperaban la llegada del convoy en ellas intentaba ver el amor de vida; pero no lo veía.

La llegada del tren que tardó un poco más de lo normal hizo que el coche se llenara a tope como vulgarmente se dice, con unas apreturas molestas e indiscretas,  aprovechadas por algunos como justificadas y utilizadas con otros fines no muy claros, dadas las circunstancias del viaje.

Al cerrar las puertas quedamos apelotonados y demasiado juntos tocándome en suerte una señora de buen ver pero muy gruesa, de más o menos 80 Kilos que no hacía más que protestar, sin dirigirse a nadie en concreto.

-Por favor no empujen que me están haciendo daño, pero me miraba a mí que era el que más cerca estaba; con el consiguiente bochorno de mi parte, pues pensaba en que lo demás dudaran de mí conducta dada la proximidad.

Pero casualidades de la vida en la primera parada pude recobrar la verticalidad y al darme la vuelta, que sorpresa, me encontré con la mujer que había sido mi primer amor, y que hacía años que no veía, ni tenía noticias de ella.

La alegría fue inmensa, no solo sirvió para salir de aquella incomoda situación en que me había dejado la “gorda”; sino que había visto al amor de mi vida. Que por circunstancias largas de explicar no llegó a consumarse.

Que recuerdos, que agradable sorpresa, se me amontonaban en mi cerebro que había dado el cambio del nerviosismo anterior de la señora, al nuevo que me producía este casual y agradable encuentro.

Después de un saludo gesticular, no podía de otra forma por las circunstancias del viaje, seguimos nuestra conversación en voz baja. Por supuesto que la pregunté que hasta donde iba y me dijo que hasta la estación de Chamartín.

Mira que casualidad yo también voy allí, quiero sacarme un abono que me he enterado que los hay con el 40% de descuento. Que ilusión el viaje a ninguna parte estaba más que justificado, pensaba yo para mis adentros.

La sensación que pude percibir en ella, es el de la satisfacción del casual encuentro, por lo que pude deducir después. La alegría de los dos se palpaba sin disimulos.

Las notas musicales del viejo músico volvían a mi memoria, como una casualidad que yo, como supersticioso, achacaba a algún misterio de alguien que rige nuestros destinos y de la misma forma que intervino para que nuestros destinos se separaran, ahora nos obsequiaba con este encuentro para saldar la deuda contraída con ambos.

Lo que pasó al final del viaje lo contaré otro día. 
 

  Alberto Huerta Conde