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Soledad

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Se había levantado esa mañana con la sensación de que era un día diferente. Alba era una mujer, todavía joven y muy atractiva, que dedicaba todo el día al trabajo, tal vez, para no detenerse en la soledad de su vida.

Sentada en la cocina, de pronto la mano se paró en el aire, con una taza de café a punto de tocarla sus carnosos labios. Con gesto de sabueso empezó a olfatear el aire, huele a limpio ¿cuándo fue la última vez que limpié, se preguntaba?

Echó un vistazo al fregadero, que estaba liberado de los constantes platos y tazas.

Qué extraño le parecía todo, ahora cuando se miraba en el espejo del lavabo que ya no tenía pintas en la cara de pasta de dientes. Todo estaba en orden como a ella le gustaba. Se sentía libre como su fregadero, libre de la tiranía y esclavitud del desorden ajeno.

No entendía el sentimiento que la embargaba aquel día, era como si se debiera algo. Miró el reloj, eran las ocho, se dio una ducha rápida para despejar.

Tiró de un vestido del armario, era un vestido con tirantas color verde nácar, que le llegaba a medio muslo y dejaba al descubierto sus bonitas piernas; olor a jabón y unas gotas de agua de jazmín eran sus complementos.

Se dirigió hacia el metro, nada habitual en ella que no era amante del transporte público, quería cambiar su rutina, averiguar que la estaba pasando.

Se lanzó escaleras abajo e hizo lo que todo el mundo correr, estaba abarrotado de gente que se daban codazos y empujones a mansalva. Ella no tenía prisa, no era una empleada mas, era la dueña de una pequeña empresa que no marchaba nada mal, por lo tanto podía coquetear lo que quisiera con el horario.

Ya dentro del vagón las cosas no mejoraron mucho, estaban como sardinas prensadas, pero seguían entrando pasajeros, se giró para hacer sitio y vio a un hombre de su edad, con los ojos fijos en ella. Era moreno, varonil. Tenía un perfecto rostro alargado y unos serenos ojos azules, que reflejaban la inteligencia aguda de alguien que conocía a la perfección el poder que detentaba simplemente por su aspecto.

Otra estación, otra bandada de personas entrando a trompicones y empujando. De pronto se vio envuelta por sus brazos protectores, se rozaron, el aire era denso con tanta gente, hacia calor. Con cada traqueteo del tren sus roces eran cada vez más intensos, sus pechos chocaban contra su pecho. El hombre la miraba con esa cara de corderillo a ser degollado, para tratar de pedir disculpas por algo que no podía evitar.

Nadie se daba cuenta pero la excitación entre ellos era brutal. No pudieron mas, discretamente bajaron las manos derecho a la entrepierna y se acariciaron suavemente, fue un momento tan, tan, tan... que hubiera gritado hasta dejar sordos a todo el metro. En la siguiente estación, cada uno siguió su camino.

Después de lo que ella clasificara como, los diez minutos más orgásmicos de su vida, lo que menos la apetecía era meterse en la oficina.

Voy a continuar con mi día inusual, se dijo.

Empezó andar sin rumbo fijo, observaba el ir y venir de la gente, ella parecía estar hueca, pero a nadie le importaba como se sentía, se esforzaba en mirar la cara de la gente para ver si lo que a ella la pasaba era general, algo que se contagia como la gripe, con un estornudo. La respuesta era sencilla, pero no estaba preparada todavía para verla.

De vuelta a casa, se tumbo en la cama, le echaba de menos. Echaba de menos al hombre co el que había compartido una parte importante de su vida. Se conocieron con 16 años. La exasperaba la falta de limpieza de él y ahora se veía justificándole pensando, que no es que fuera sucio sino que su horario estaba demasiado saturado. La ausencia de ruidos, era para ella como un hueco en el aire. Pobre Alba se había dado cuenta muy tarde de lo mucho que echa de menos que la meen la tapa del water.

Descolgó la lámpara y en su lugar puso el extremo de una soga, la otra punta se la ató al cuello. Se subió a una banqueta, respiró hondo. Definitivamente ha sido un día muy especial. Dio una patada a la banqueta, y sus piernas quedaron bailando en el aire en una danza macabra que la llevó a la muerte.

Nadie merece un final así, en mi próxima historia le daré una oportunidad.

Elena