demofilo.com

  • Aumentar tamaño del tipo
  • Tamaño del tipo predeterminado
  • Disminuir tamaño del tipo

Traumas

E-mail Imprimir PDF

   Cuando caminaba, nuestro personaje atraía todas las miradas. Su cuerpo se cimbreaba como las espigas mecidas por el viento. Su ropa dejaba al trasluz sus carnes prietas, sus músculos fornidos, la banda abdominal sin ápice de grasa formando las llamadas tabletas de chocolate, y el torso de su espalda ancha y recta fortalecida por una columna bien constituida que anunciaba fuerza y vigor. Se mantenía erguido, fuerte y seguro, y su rostro resplandecía de placer al contemplar cuanto le rodeaba. Lucía en todo su esplendor de cuerpo y mente. Su pensamientos eran claros y rápidos, fluían como las corrientes de las aguas, con esa naturalidad y oportunidad, dejando entrever una agudeza exquisita y una dicción directa cautivadora, misteriosa, que magnetizaba a cuantos escuchaban sus pláticas.

 

   Entraba cada mañana a tomar un café en el bar Dial, allí metódicamente saboreaba el aroma, sorbo a sorbo; mientras sus ojos recorrían con ligereza la prensa de los distintos periódicos gratuitos. Alborotaba su pelo con la mano derecha, con desidia, cuando la noticia le contrariaba, desdibujaba sus labios esbozando una sonrisa socarrona y asomaba en sus párpados un tic nervioso incontrolado conteniendo mohines en gestos nada espontáneos.
   En el diario se leía el siguiente titular:" Dos mujeres han fallecido a manos de sus parejas en Almería y en el barrio de Carabanchel de Madrid".
Marcos, quedó paralizado ante el titular, su rostro y manos sudaban y sintió como su cuerpo temblaba descontrolado al revivir ciertos acontecimientos de antaño. Temas antropófagos de su felicidad. Como poseído por un fantasma dejó su frugal desayuno y salió despavorido a la calle. Tomó aliento y el aire fresco de la mañana volvió a darle tono a la tez que otrora se tornaba pálida. El pulso ajustó su ritmo y soltó las rigideces de sus músculos. Pasó página, cerró su mente a tantas ideas que le atormentaban, para no comerse la cabeza, descorriendo un velo sutil de ideas descabelladas y atajó el día con diáfana naturalidad.
   Se sumió en la rutina. Se mantuvo coloquial y amigable disimulando cuanto pudo. Había aparcado en su caja del olvido ese momento que le llenó de pánico, ajustando la tapadera para que no se filtrara ni una pizca de lo que allí escondía.
   En su oficina era un puntal de un brillante equipo de trabajo. Salía airoso de cada reto, mientras le daban tregua sus aguerridos compañeros. Las tareas rutinarias de deshacían y se edificaban como un juego pueril en sus diligentes manos. Siempre alerta, al quite en las distintas circunstancias desde las más viables a las más sorpresivas. Sus jornadas pasaban raudas. Sentía ese canibalismo voraz entre la competitividad y las ideas de los otros ante los jefes. Volvía de nuevo a encontrarse con otro variopinto grupo en el comedor al que acudía del citado bar. El gordo Landi, apoyado en el mostrador con el codo y mal sentado sobre la banqueta dejaba caer su peso y asomaba su enorme panza cervecera. Su grasa le ahogaba en una autoestima escasa y cruel. Le abrumaban las preocupaciones disfrazándolas con jugadas de futbol y miradas descaradas a las chicas. Y ellas silenciosamente ponían distancia y le despreciaban. Manuel también en el paro, andaba a la espera de alguna chapuza para cubrir su hambre, pero su hambre se hacía gigantesco ahogando a los suyos en la miseria. Aquel era un punto de encuentro para el cambio en sus vidas.
   A lo mismo aspiraba la anciana María, a sus ochenta y seis años no perdía la ilusión de hacerse rica echando sus diez euros habituales a las máquinas, pero la máquina tragaperras la engullía a ella desde la cabeza hasta los pies. Comenzaba metiendo metódicamente las monedas con una ilusión de niña. Su moño en la nuca parecía levantarse orgulloso cuando la jugada le propiciaba algún que otro premio. Miraba a su alrededor ufana y continuaba a lo suyo hasta que consumía el puñado de dinero. Luego decepcionada recogía su garrota y pasito a pasito recorría el pasillo, dando un repaso de reojo, por si alguien había reparado en ella hasta sentarse en el sitio de siempre. Quitaba las migas del asiento, se sentaba hasta coger la postura y colocaba los pliegues de su falda atusándolos una y otra vez. Los demás gente corriente, obreros sudorosos recién salidos de su jornada, comían ansiosos en un espacio muy reducido. Andaban éstos enfrascados en un palique insustancial en una atmósfera de cercanía y comadreo.
   Acaecida la tarde, taciturno llegó a su vivienda y dando un salto quedó arrellanado en el sofá ojeando su correspondencia y entre ella un aviso para recoger en la oficina de correos.
   Diligente salió hacia la sucursal con el aviso en la mano y su tarjeta de identidad en el bolsillo de la camisa. Después de una larga cola, le mostraron el ansiado paquete, por el camino abrió la caja y se encontró con un colgante artesano que había reconocido propiedad de su abuela. Salieron emociones y mucho amor para su antecesora. Se había ocupado de su educación y crianza.
   Su madre, una adorable mujer de veintiún años, como consecuencia del maltrato, había sido victima de las garras de esa fiera encolerizada, que habitaba en su progenitor. El hombre vasallo de la violencia se erigió en verdugo de su esposa. Una aciaga tarde, Marcos, a muy temprana edad había sido testigo de su muerte. Mantenía latente en su interior tanto dolor que en circunstancias como estas asomaban rémoras al revivir acontecimientos que creía superados.
   Solo él percibía que nunca estaría del todo curado. Siendo altamente vulnerable, muy a su pesar, a la lectura de estos titulares.

María Dolores Dimanuel