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Embarque

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      Todo el mundo sabe que se denomina embarque a la acción de embarcar mercancías o personas. Igualmente, al pasaje que se embarca; no obstante, ¿qué tiene que ver dicha calificación con las personas que residen tierra adentro? Ahí es cuando interviene el sentido figurado de “embolado” que, por extensión, tiene aceptada la Real Academia. Pero, ¿a cuento de qué viene todo esto? Muy sencillo, me han encomendado escribir sobre el embarque, adjudicándome al tiempo uno de pequeño calado.

     Como no tengo especial interés en ceñirme a nada previsto, y con el fin de escribir algo, ya que en ello estoy, voy a relatar lo que le aconteció hace unos meses a mi buen amigo Carlos, del que todo el mundo piensa que es de origen nórdico, dada la palidez de su rostro. El pobre chaval se enamoró perdidamente de una guapa compañera de trabajo; sin embargo, no era correspondido por ella. En otro orden de cosas, cada año, la empresa, sorteaba entre sus empleados un viaje para dos personas con algún destino exótico y quiso la fortuna que el pasado año Carlos resultara agraciado con dicho estímulo laboral, ante la envidia de Laura, que así se llama la mujer que lo embelesaba. Como quiera que el pobre no tenía con quien ir, decidió regalarle el premio a ella. Laura, conmovida, aceptó de buena gana e indicó que podrían compartirlo. Carlos, ni podía creerlo, ni dormir, ni concentrarse en su trabajo, hasta que llegó la fecha del embarque –resulta que sin habérmelo propuesto, estoy razonando la filosofía del relato prescrito, bien entendido que en sus primeras acepciones.

 

     Llegado el día de partida, el destino exótico se había transformado, quizás por efecto de la crisis, en un rápido y escueto crucero, en un lacónico paquebote, por el Mediterráneo occidental. Igualmente, tras la oportuna intervención de la muchacha que pagó el debido suplemento, el camarote se había bilocado. Comían juntos, caminaban juntos por cubierta, y asistían juntos a las fiestas que se organizaban; aunque por la noche cada cual se retiraba a su aposento. Fueron transcurriendo las jornadas, y en la penúltima, mi amigo, acompañado de su insomnio habitual, decidió salir al exterior para respirar aire fresco en el momento en que daban las 3 de la mañana. Así lo hizo, apoyándose sobre una de las pasarelas que destellaba los refulgentes rayos de luna proyectándolos, intermitentemente, sobre el suelo. La serenidad era dominante. Hasta el oleaje parecía guardar respetuoso silencio para no despertar a la tripulación. La soledad en la zona se antojaba absoluta, si no fuera por una pareja que se abrazaba al amparo de las sombras, de la cual pudo distinguir los rasgos africanos del varón. Minutos después regresó a su cuarto quedando placidamente dormido.

     La noche postrera se vio precisado a hacer otro tanto, coincidiendo en horario y circunstancias, salvo por la ausencia del meridional que ahora no acompañaba a la dama; ella semejaba estar anclada en la penumbra. Una hora más tarde regresó a su camarote dejando mujer y escenario impertérritos. Por la mañana se reunió con Laura poco antes de arribar a puerto. Al bajar, tomaron un taxi y la acompañó a su domicilio.

     De vuelta al trabajo, mi camarada insistió en su cometido y ciertamente debió de esmerarse en ello porque pasadas tres semanas Laura accedió a salir con él. Para mi sorpresa, un mes más tarde se casaron, y, para mayor asombro, tuvieron un hijo que, a pesar de constar como sietemesino, nació rollizo y con una inconveniente piel morena. ¡Vaya embarque!, ¡qué embolado!

JRPindesierra